Cuando un animal mayor cambia, también puede estar diciendo que le duele
En perros y gatos geriátricos, el dolor crónico no siempre se manifiesta con cojera, llanto o pérdida de apetito. A veces aparece como cambios en el sueño, la movilidad, la interacción con la familia o la conducta. Y precisamente por eso puede pasar desapercibido durante mucho tiempo.
Cuando pensamos en dolor, solemos imaginar señales bastante evidentes: una cojera, un gemido, rechazo al movimiento, pérdida de apetito o una reacción clara cuando tocamos una zona determinada. Sin embargo, en perros y gatos, especialmente cuando envejecen, el dolor crónico muchas veces no se presenta de una forma tan reconocible.
Ese es precisamente uno de los motivos por los que se infravalora con tanta frecuencia.
En consulta vemos animales geriátricos que siguen comiendo, caminando, subiendo al sofá o saliendo al jardín y, por ese motivo, la familia asume que no tienen dolor. Es comprensible, porque tendemos a identificar el dolor con incapacidad. Pero el dolor crónico no siempre incapacita. Muchas veces modifica.
Puede modificar la forma de dormir, de moverse, de relacionarse con la familia, de explorar, de jugar o de tolerar ciertas manipulaciones. Puede hacer que un animal que antes era independiente empiece a seguir constantemente a sus cuidadores. Puede hacer que otro se levante repetidamente durante la noche, deambule por la casa, jadee, vocalice o rasque puertas. Puede hacer que un gato geriátrico empiece a maullar de madrugada de manera persistente aunque durante el día parezca relativamente normal.
Cuando aparecen este tipo de cambios es fácil pensar en ansiedad, deterioro cognitivo, “manías de la edad” o simplemente asumir que el animal está viejo. Pero antes de etiquetar el problema hay que preguntarse algo mucho más básico: ¿puede haber dolor o malestar detrás de este cambio?
La respuesta es que sí, y con bastante frecuencia.
El dolor crónico puede alterar la calidad del sueño y hacer que el animal se despierte más veces o tenga dificultades para mantenerse tumbado durante periodos largos. También puede reducir la actividad, modificar la velocidad de movimiento, hacer que las escaleras resulten más difíciles, disminuir el juego o la exploración y aumentar la búsqueda de contacto con la familia. En algunos pacientes aparecen irritabilidad, vocalizaciones, menor tolerancia al contacto o conductas aparentemente poco relacionadas con el dolor.
En perros con dolor crónico se han descrito cambios en sociabilidad, búsqueda de atención, agresividad, miedo o ansiedad, capacidad para descansar y conductas repetitivas. Making the Case for Multi Axis …
Por eso, frases como “pero come bien”, “no cojea”, “todavía salta” o “nunca se queja” no son suficientes para descartar dolor.
De hecho, algunos animales con dolor siguen realizando actividades porque forman parte de sus rutinas habituales, porque están muy motivados para hacerlas o porque no tienen una alternativa mejor. Un gato puede seguir saltando al sofá aunque el salto le resulte incómodo. Un perro puede seguir acompañando a su familia durante un paseo aunque camine más despacio o cambie la forma de utilizar las extremidades. Un animal con dolor oral puede seguir comiendo durante meses.
La cuestión no es únicamente si todavía puede hacer algo, sino cómo lo hace ahora en comparación con cómo lo hacía antes.
Cuando el animal mayor “ya no es como antes”
En geriatría esta comparación con su propio comportamiento previo es especialmente importante.
Un perro que siempre ha dormido toda la noche y comienza a despertarse repetidamente nos está dando información. También un gato que empieza a vocalizar de madrugada, un animal que deja de explorar determinadas zonas de la casa, que se muestra más dependiente, que tarda más en levantarse o que empieza a evitar ciertas manipulaciones.
El cambio de comportamiento puede ser un signo clínico.
En Medicina del Comportamiento no deberíamos separar lo que ocurre en el cuerpo de lo que ocurre en la conducta. La salud física puede modificar la motivación, la percepción, la cognición y la respuesta emocional del animal. Precisamente por eso los modelos actuales de evaluación conductual recomiendan integrar siempre comportamiento, salud, entorno y funcionamiento global del paciente. Making the Case for Multi Axis …
Y en animales mayores esta integración es todavía más importante, porque muchas veces no existe una única explicación.
Puede coexistir dolor osteoarticular con deterioro cognitivo. Puede haber pérdida auditiva junto con enfermedad dental. Puede aparecer enfermedad renal, cardiaca o respiratoria al mismo tiempo que una disminución de movilidad. También pueden cambiar las rutinas, el nivel de actividad o la relación con la familia.
Por eso no siempre se trata de decidir si un animal tiene dolor o disfunción cognitiva. Puede tener ambas cosas.
El problema de atribuirlo todo a la edad
“Es que ya está viejecito” es una frase que escuchamos con frecuencia.
Pero la edad no debería utilizarse como explicación suficiente para un cambio.
Ser mayor aumenta el riesgo de muchas enfermedades, pero no convierte en normal dormir mal, moverse con dificultad, dejar de explorar, cambiar bruscamente de carácter o pasar noches enteras inquieto.
Precisamente porque es mayor deberíamos investigar más, no menos.
El envejecimiento puede ir acompañado de artrosis, enfermedad periodontal, alteraciones sensoriales, problemas neurológicos, enfermedad renal, cambios cardiopulmonares y deterioro cognitivo, entre otros procesos. Todos ellos pueden expresarse parcialmente a través del comportamiento.
Por eso, cuando aparece un cambio nuevo en un animal geriátrico, conviene evitar una conclusión rápida del tipo “son cosas de la edad”.
Puede serlo. Pero también puede haber algo tratable o mejorable.
¿Y la disfunción cognitiva?
La disfunción cognitiva es una posibilidad real en perros y gatos geriátricos. Puede producir alteraciones del ciclo sueño-vigilia, desorientación, cambios en la interacción social, pérdida de hábitos previamente aprendidos, vocalizaciones o cambios en la actividad.
Pero despertarse por la noche no significa automáticamente tener disfunción cognitiva.
Un animal con dolor también puede despertarse. Un paciente con enfermedad renal puede necesitar salir más veces. Un perro con dificultad respiratoria puede mostrarse inquieto o jadear. Un animal con pérdida auditiva o visual puede aumentar su búsqueda de proximidad. Una artrosis avanzada puede hacer que determinadas posturas de descanso se vuelvan incómodas.
Por eso, en un paciente geriátrico, el diagnóstico debe construirse poco a poco, integrando todos esos factores.
El sueño también es información clínica
Hay otro aspecto que muchas veces se infravalora: el sueño.
Cuando un animal deja de dormir bien, no es simplemente un problema para la familia. Es un cambio clínicamente relevante.
Dormir mal puede ser consecuencia de dolor, malestar, enfermedad, alteraciones emocionales o deterioro cognitivo. Y además, cuando este problema se mantiene durante días o semanas, termina afectando profundamente a las personas que conviven con el animal.
La privación de sueño genera cansancio, irritabilidad, desesperación y puede deteriorar mucho la relación con el paciente. Por eso mejorar el descanso del animal y de su familia también debe formar parte del tratamiento.
Observar mejor antes de asumir
En un animal geriátrico conviene fijarse en pequeños cambios. No hace falta que exista una cojera evidente.
Puede ser suficiente con notar que tarda más en levantarse, que busca una postura distinta, que sube las escaleras más despacio, que deja de saltar a determinados sitios, que explora menos o que busca más contacto que antes.
También merece atención un cambio en el apetito, en la forma de dormir, en la eliminación, en la tolerancia al contacto o en la respuesta a sonidos.
La clave está en comparar al animal consigo mismo.
¿Qué hacía hace seis meses que ahora ya no hace?
¿Qué hace ahora que antes nunca hacía?
¿Hay una conducta que se ha vuelto más frecuente, más intensa o más difícil?
Muchas veces ahí empieza la información más valiosa.
No hace falta que llore para que le duela
Quizá esta sea la idea principal.
El dolor en perros y gatos no siempre se expresa con una queja evidente.
A veces se expresa con una noche en vela.
Con una escalera que ahora se sube más despacio.
Con menos juego.
Con más necesidad de contacto.
Con un cambio de postura.
Con irritabilidad.
Con un gato que empieza a maullar de madrugada.
Con un perro que ya no quiere salir como antes.
Por eso, cuando un animal mayor cambia, no deberíamos preguntarnos únicamente “qué problema de comportamiento tiene”.
También deberíamos preguntarnos:
¿qué puede estar sintiendo?
Porque muchas veces no deja de comer, ni de caminar, ni de interactuar.
Simplemente deja de comportarse como antes.
Por Rosana Álvarez Bueno
Referencias
Fatjó, J., & Bowen, J. (2020). Making the Case for Multi-Axis Assessment of Behavioural Problems. Animals, 10(3), 383. Making the Case for Multi Axis …
Wiseman-Orr, M. L., Nolan, A. M., Reid, J., & Scott, E. M. (2004). Development of a questionnaire to measure the effects of chronic pain on health-related quality of life in dogs. American Journal of Veterinary Research, 65, 1077–1084. Making the Case for Multi Axis …
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