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Derivar a Medicina del Comportamiento no es desentenderse del paciente

La derivación debería ser un proceso de colaboración, no un traspaso de responsabilidad

La remisión de un paciente a un veterinario especializado en Medicina del Comportamiento debería significar que incorporamos a otro profesional al equipo que atiende a ese animal.

Sin embargo, en la práctica, no siempre ocurre así.

Con relativa frecuencia recibimos pacientes remitidos por un problema de comportamiento y, a partir de ese momento, parece producirse una especie de transferencia completa del caso: “ya está en manos del etólogo”.

Pero un problema de comportamiento no deja de ser un problema médico por haber sido remitido a Medicina del Comportamiento.

Y el veterinario que deriva continúa siendo una pieza fundamental del caso.

La conducta también es un signo clínico

Agresividad, miedo, irritabilidad, cambios en el sueño, menor interacción social, alteraciones en la actividad, vocalización, eliminación inadecuada, pica, conductas repetitivas o cambios en la tolerancia a la manipulación pueden ser la expresión de un problema emocional, de una enfermedad orgánica o de ambas cosas simultáneamente.

La literatura veterinaria lleva años señalándolo.

Camps, Amat y Manteca describen cómo numerosos problemas médicos pueden causar o modificar problemas de comportamiento en perros y gatos. Dolor, enfermedades neurológicas, endocrinas, gastrointestinales, dermatológicas o musculoesqueléticas, entre otras, pueden influir directamente sobre la conducta1.

En medicina felina, Stelow plantea algo especialmente importante: ante un cambio de comportamiento pueden existir tres grandes posibilidades2:

  • un cambio en la salud conductual;
  • un cambio en la salud física;
  • o patologías médicas y conductuales coexistiendo al mismo tiempo.

Por eso, separar artificialmente “medicina” y “comportamiento” tiene poco sentido clínico.

¿Qué ocurre cuando el paciente llega a Medicina del Comportamiento?

Nuestra valoración no consiste simplemente en decidir por qué un perro ladra, por qué un gato agrede o qué técnica de modificación de conducta debemos utilizar.

Necesitamos reconstruir la historia completa del paciente.

Esto implica valorar, entre otras muchas cuestiones:

  • antecedentes médicos;
  • dolor actual o potencial;
  • enfermedades diagnosticadas;
  • tratamientos presentes y previos;
  • exploraciones y pruebas realizadas;
  • sueño;
  • alimentación;
  • movilidad;
  • funciones cognitivas;
  • ambiente;
  • relaciones sociales;
  • experiencias y aprendizaje;
  • estado emocional;
  • bienestar y calidad de vida.

Es decir, necesitamos integrar al animal completo.

Y aquí aparece uno de los problemas que encontramos frecuentemente en consulta: algunos pacientes llegan remitidos sin que se hayan valorado suficientemente determinados diagnósticos diferenciales médicos.

En esos casos, antes de atribuir la conducta únicamente a una alteración emocional o de aprendizaje, tenemos que preguntarnos:

¿Puede existir dolor?

¿Hay alguna enfermedad que explique o contribuya a esta conducta?

¿Necesitamos una analítica, pruebas de imagen, valoración neurológica, digestiva, dermatológica, endocrina, traumatológica u otra exploración adicional?

Y si la respuesta es sí, necesitamos nuevamente al veterinario generalista o a otros especialistas.

Derivar no debería significar “ahora es tu paciente”

Las 2025 AAHA Referral Guidelines describen la derivación veterinaria como un proceso de atención colaborativa3.

Las guías insisten en aspectos fundamentales como:

  • definir las responsabilidades de cada profesional;
  • compartir adecuadamente la información clínica;
  • mantener una comunicación fluida entre atención primaria y especialistas;
  • implicar a la familia durante todo el proceso;
  • y garantizar la continuidad asistencial del paciente.

De hecho, AAHA señala que la participación continuada del veterinario de atención primaria durante el proceso de remisión es uno de los factores asociados a una mejor percepción de la derivación por parte de las familias3.

Esto resulta especialmente relevante en Medicina del Comportamiento.

Porque muchas veces necesitamos que el veterinario remitente continúe realizando parte del seguimiento médico.

Un problema frecuente: el informe sale, pero la información no vuelve

Tras una consulta de comportamiento solemos enviar un informe detallado.

En él podemos indicar:

  • diagnóstico conductual;
  • diagnósticos diferenciales;
  • posibles factores médicos implicados;
  • pruebas complementarias recomendadas;
  • tratamiento farmacológico;
  • modificaciones ambientales;
  • pautas de manejo;
  • plan de modificación de conducta;
  • indicadores que deben vigilarse;
  • y cuándo debemos reevaluar el caso.

Pero para que ese plan funcione necesitamos algo más: retroalimentación.

Si solicitamos una analítica, necesitamos conocer el resultado.

Si se detecta dolor, necesitamos saber qué diagnóstico se ha realizado y qué tratamiento se ha instaurado.

Si se modifica una medicación, necesitamos conocer la respuesta.

Si se realiza una prueba de imagen, necesitamos disponer de sus conclusiones.

Si otro especialista interviene, esa información también debería incorporarse al caso.

Sin ese intercambio resulta imposible realizar una verdadera medicina integrada.

Y, con demasiada frecuencia, la persona que termina intentando conectar a todos los profesionales es precisamente la familia.

No debería ser así.

El veterinario generalista continúa teniendo un papel esencial

Derivar a Medicina del Comportamiento no significa que el veterinario generalista deje de participar.

Al contrario.

Puede seguir siendo fundamental para:

  • realizar exploraciones físicas;
  • evaluar dolor;
  • solicitar o realizar pruebas complementarias;
  • diagnosticar y tratar enfermedades concomitantes;
  • controlar determinados tratamientos;
  • detectar cambios médicos durante el seguimiento;
  • y transmitir al veterinario de comportamiento cualquier información relevante.

A su vez, el veterinario de comportamiento debe devolver información al veterinario remitente sobre el diagnóstico, el tratamiento y la evolución del paciente.

La comunicación tiene que funcionar en ambas direcciones.

Tampoco el veterinario de comportamiento debería trabajar aislado

La responsabilidad también es nuestra.

La Medicina del Comportamiento no debería convertirse en una especialidad desconectada del resto de la medicina veterinaria.

Cuando encontramos indicios de dolor, alteraciones neurológicas, problemas endocrinos, gastrointestinales, dermatológicos u otras patologías, debemos integrar esas posibilidades en nuestro razonamiento y colaborar con los profesionales adecuados.

No debemos limitarnos a tratar la manifestación conductual.

Un perro que empieza a gruñir cuando lo manipulan no necesita necesariamente “aprender a dejarse tocar”.

Un gato que empieza a eliminar fuera de la bandeja no necesita necesariamente otra bandeja o un cambio de arena.

Un animal que deja de jugar, duerme más, evita determinados movimientos o se muestra irritable puede estar expresando dolor o enfermedad.

La conducta es información clínica.

Un modelo de ida y vuelta

La derivación ideal debería funcionar aproximadamente así:

Cambio de comportamiento → valoración clínica inicial → investigación de posibles causas médicas → remisión a Medicina del Comportamiento → evaluación integral → solicitud de pruebas o intervención de otros especialistas cuando sea necesario → intercambio de resultados → diagnóstico y plan terapéutico → seguimiento conjunto.

Y después volver a empezar tantas veces como sea necesario.

Porque los pacientes cambian.

Las enfermedades evolucionan.

Los tratamientos producen respuestas diferentes.

Y un diagnóstico inicial puede necesitar ser revisado.

Por eso la derivación no debería entenderse como una línea recta.

Es un circuito.

Medicina y comportamiento forman parte del mismo paciente

Quizá uno de los problemas de fondo sea que durante demasiado tiempo hemos considerado el comportamiento como algo separado de la medicina.

Pero no existe un paciente “médico” y otro “conductual”.

Existe un animal.

Con un organismo, un cerebro, emociones, experiencias, relaciones sociales, un ambiente determinado y una historia clínica.

Todo interactúa.

La Medicina del Comportamiento nos obliga precisamente a mirar todas esas dimensiones al mismo tiempo.

Y para hacerlo bien necesitamos colaboración.

Entre veterinarios generalistas.

Veterinarios de comportamiento.

Otros especialistas.

Profesionales de la modificación de conducta cuando participan en el caso.

Y, por supuesto, la familia.

Derivar no significa: “ahora es tu paciente”.

Significa:

“Compartimos este paciente y vamos a intentar comprender juntos qué necesita”.

Ese debería ser el verdadero objetivo de una medicina veterinaria integrada.


Referencias

– Camps, T., Amat, M., & Manteca, X. (2019). A review of medical conditions and behavioral problems in dogs and cats. Animals, 9(12), 1133. https://doi.org/10.3390/ani9121133

– Stelow, E. (2020). Behavior as an illness indicator. Veterinary Clinics of North America: Small Animal Practice, 50(4), 695–706. https://doi.org/10.1016/j.cvsm.2020.03.003

– American Animal Hospital Association. (2025). 2025 AAHA Referral Guidelines. American Animal Hospital Association.

Por Rosana Álvarez Bueno

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