Perros reactivos vs. niños reactivos

Berta momentos antes de ser ingerida por dos seres malvados  de las tinieblas con dientes gigantes llenos de sangre.

Berta y PekeYa os hemos hablado antes de los perros reactivos, de qué son y cómo se trata ese problema.

Esta tarde, después de la clase con uno de nuestros clientes que tiene ese problema, y mientras quitaba las hojitas de la piscina, me ha venido la inspiración de la semejanza con los niños. Y es que muchas de las patologías del comportamiento de los perros se ven reflejadas en los niños, al igual que la manera de educarlos.

La reactividad en los perros puede venir reforzada por el dueño, que frecuentemente tira de la correa cuando su perro se acerca a otro o cuando un perro suelto viene corriendo hacia el suyo. A veces se ponen muy nerviosos y comienzan a gritar, llenando el ambiente de tensión y sin pararse a leer en ningún momento el lenguaje del perro. Quizás el perro estaba tan tranquilo, o lo que quería era jugar. Sin embargo, desde ese momento comienza una asociación negativa: “cuando viene un perro mi dueño me regaña, se me lleva o grita; por lo tanto perro malo

¿Os dáis cuenta de que es lo mismo que hacen muchos padres cuando se cruzan con un perro? “Cuidado que te puede morder”, “no lo toques que te ensucias”, “no te acerques que te va a morder”, “los perros muerden”. El niño suele ponerse a correr, o a gritar, o a agitar las manos. El padre o la madre gritando y azuzando al perro y al dueño, o cogen al niño en brazos con lo cual generan más interés en el perro, que intenta subirse encima… Un circo vamos.

La siguiente vez que ese niño ve a un perro, imaginaos la reacción, y la de ese perro cuando vea a otro niño.

Lo que aprenden de estas situaciones, tanto perro como niño, es la anticipación, gracias al condicionamiento clásico, una de las más antiguas y naturales formas de aprendizaje. En cada ocasión similar, aprenderán a reaccionar antes que pensar. “Si esto puede ser amenazante, voy a reaccionar antes de que me haga daño”. Y así tenemos el perro que quiere comerse al niño, o a otro perro o al ciclista, y al niño gritando e intentando subirse encima de mami.

Además, ese comportamiento se ve reforzado de manera inadvertida por el dueño y la mami: “venga Toby, tranquilo” y “ay mi niño, pobrecito”. ¡Lo que nos faltaba! ¿Y ahora cómo arreglamos eso? Pues el niño al psicólogo y el perro al etólogo. Aunque los que deberían ir serían los dueños del perro y del niño, pero claro, siempre pagan el pato los mismos.

Con lo fácil que es hacerlo bien desde un principio. ¡Que los perros no son criaturas malvadas venidas del más allá con el fin de ingerir niños! ¡Ni los gatos atacan a la cara! No es bueno ver tanta tele ni escuchar tanto a las vecinas que no tienen nada que hacer. Gástese dinero en escuchar a un profesional, verá cómo todo le va mejor.

Y como en este mundo nada es perfecto, en el otro extremo tenemos a los “happypadres”. Esos que pasan del niño y del perro y no hacen nada cuando el niño se echa encima de todo animal de cuatro patas que se encuentra, o cuando el perro juega sin control con cualquiera de dos. No señores, eso tampoco es recomendable. Todo bicho viviente tiene su espacio personal de seguridad que debe ser respetado.

Claro, la perfección sería que existiera una cosita intermedia, un ni fú ni fácomme ci comme ça, fifty- fifty, ni pa ti ni pa mí. Pero no, eso no se puede encontrar en esta España de dios. Aquello de “¿oiga, puedo acariciar al perro?” ya no se estila.

Y bueno, por último quiero decir, que no todo el monte es orégano. Y que los profesionales también hacen malas recomendaciones, de esas tengo muchas, o si no fíjense. Psicólogo que recomienda a un niño con TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad) un perro. Y ahí va esa estupenda madre, sin asesorarse, y ni corta ni perezosa coge un perro de un refugio. ¿Y ahora qué tiene? Un niño con TDAH, un perro hiperactivo y un deseo irrefrenable de tirarlos por el balcón a ambos y de disparar al psicólogo.

En fin, que no vea la que está cayendo ahí fuera y yo sin paraguas.

Por Rosana Álvarez Bueno.

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